domingo, 12 de septiembre de 2010

Elegir por saberse elegido

 
 

Juan Manuel Roca

Cómo acertar con mi vida


 


 

La manifestación de la llamada divina a la conciencia personal es luz e impulso, siempre es efecto de una peculiar gracia divina. En cuanto es luz en la inteligencia, hace ver como posible, concretamente para mí, la radicalidad de las exigencias de santidad y apostolado que en un determinado momento se ven con nuevos ojos: ¿Y yo, por qué no? Debería ser –lo ha sido en la vida de muchos santos, y en la de muchos que quieren serlo– una pregunta decisiva para cada uno ante esa luz que inquieta, en cierto modo, porque se sabe que aquello tiene que ver con uno.


 

Pero esa luz no es una evidencia que se imponga de tal manera a la conciencia que sólo deje una respuesta posible. Es una insinuación, una propuesta, una posibilidad que se advierte de pronto como real para uno. El hecho de que Dios no imponga una vocación peculiar por vía de evidencia, permite pensar –dice Ocáriz– que Dios quiere que la libertad de la persona intervenga no sólo en la respuesta, sino también en la configuración de la vocación misma.


 

Es decir, que dentro de la oscura luminosidad del misterio de la vocación, podemos entender que Dios llama también mediante la libre elección de la persona llamada, siendo esta elección fruto de la libertad humana y de la gracia divina. Es el caso de tantos cuando piensan que les gustaría ser como otros que han seguido generosamente a Cristo; o se dicen: esto podría ser lo mío. Siempre, en la respuesta a la vocación, hay una conciencia personal de que uno elige. Por eso Jesús aclaraba a los Apóstoles –lo hemos recordado más arriba–: "No me habéis elegido vosotros; os he elegido Yo", para que sepan que la elección que ellos han hecho de seguirle ha sido posible, se la han planteado como una posibilidad real, que les afectaba, precisamente porque Él los había elegido. Esto es lo que significa que la llamada se manifiesta, no sólo como luz, sino también como impulso, que urge a elegir el sí, aunque uno es consciente de que corre un riesgo –no se mueve por evidencia– y de que podría elegir el no.


 

Vocación humana y vocación divina Sucede en esto algo semejante a lo que acontece en la configuración de la vocación humana, profesional por ejemplo. Todas las situaciones y circunstancias de la vida ordinaria pueden y deben ser lugar y medio de unión con Dios, de santificación. Esto lo tenían muy claro los primeros cristianos. San Josemaría Escrivá predicó incansablemente que la vocación cristiana no la podemos vivir de una forma ridícula o raquítica, sino que hay que vivirla, como lo que es, sencillamente, nuestra vida. El mismo Concilio Vaticano II proclamó esta enseñanza (Const. Lumen Gentium, 11, 39-41). Se trata de que cada uno descubra que ha sido llamado a una tarea en el mundo. La Providencia cuenta con las libres elecciones de la persona en la misma configuración de su vocación humana. Así, si uno decide estudiar una determinada carrera o cambiar de trabajo, será en esa situación donde deberá buscar la santidad y donde Dios le dará la gracia necesaria para llevar a buen término aquello que se ha propuesto, porque "todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor" (Const. Lumen Gentium, 40; y Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 30).

No es posible la indiferencia Resumiendo, la llamada de Dios:


 

Se descubre (existe antes de existir yo), con una luz nueva, como un amor gratuito y excesivo de Dios.


 

Irrumpe en la conciencia como una posibilidad que trastoca los planes anteriores, porque los subvierte, o porque los proyecta con una plenitud insospechada.


 

Urge con un sentimiento de inquietud, porque lleva a entender que para que ese amor sea mío debo decidirme a elegirlo, porque sé que puedo rechazarlo, pero no puedo quedarme indiferente.


 

Atrae con la fuerte intuición –que es esperanza– de que la decisión de elegir ese amor traerá, como consecuencia, la ilusión y la alegría.

El juicio de los niños


 

Alfonso Aguiló

www.interrogantes.net

Los niños de hoy

Leí no hace mucho un comentario interesante sobre el cuento de Caperucita Roja. Venía a decir que los niños de ahora reaccionan de forma distinta cuando escuchan la narración de aquel viejo cuento o cuando lo presencian en el guiñol.


 

Los niños de hoy piensan que la familia de Caperucita Roja no era nada ejemplar. Una madre que tiene a la suya, con tantos años, viviendo a muchas leguas de su casa es, para empezar, una mujer poco cariñosa. Una madre que permite que su hija, en este caso, Caperucita, se adentre sola en el bosque para llevar a la abuelita abandonada una cesta con un surtido de productos caseros es una madre egoísta y poco responsable. De haber tenido algo más de sentido común, habría acompañado a su hija en tan larga y arriesgada travesía. El lobo feroz hace lo que tiene que hacer. Recibe la información, se adelanta a Caperucita, se come a la abuela, que vive sola porque su hija no la quiere tener en casa, se viste con el camisón de la abuela, se ajusta su redecilla en la cabeza y se mete en la cama en espera de esa tontita que le ha dado todas las pistas. Y llega Caperucita y no reconoce a su abuela, y se cree que el lobo es la abuelita, lo que demuestra lo tonta que era la niña y lo poco que visitaba a su abuelita. Y el lobo se la come, porque se lo tiene merecido. Por eso, cuando el lobo se zampa a Caperucita, los niños de hoy aplauden a rabiar, hasta el punto que en los guiñoles suelen eliminar del cuento la figura del cazador que salva a ambas, porque no resultaría nada popular.


 

Se ve que a los niños de ahora les mueve poco el ternurismo o la moralina, y esperan, sobre todo, coherencia y sensatez. Los niños de hoy no perdonan a la fresca de la madre de Caperucita lo mal que se portaba con la abuela, porque a una madre no se la tiene enferma y sola en el bosque. Y tampoco perdonan el despiste de Caperucita, incapaz de distinguir entre una abuela y un lobo metido en la cama con el camisón y la redecilla de la abuelita.


 

Juzgarán a sus padres Todo niño es, en principio, un poco psicólogo, que juzga a sus padres, y, en general, a todos los mayores. Los estudia y tantea sin cesar, y pronto determina cuáles son los límites de su poder y su libertad. Usa a este efecto todas sus pequeñas armas, principalmente, las lágrimas o los enfados. Una criatura de seis meses, por ejemplo, sabe ya leer en el rostro de su padre o de su madre para discernir lo que debe hacer o no, su aprobación o su desaprobación. Y, cuanto más se mima al niño, más indefenso se le deja, como hacía aquella mujer que dejaba a su madre en mitad del bosque y enviaba a su hija sola a visitarla.


 

Con el paso del tiempo, los hijos juzgarán con dureza el abandono que supone haberles mimado. Se dolerán de ese empeño en haberles ahorrado todo sacrificio, de haberles evitado tantas oportunidades de robustecer su voluntad. Por eso es tan importante no confundir lo que es objeto de nuestro cariño con lo que puede ser nuestra perdición. Los padres que, por amor ciego, por comodidad o por ingenuidad, han procurado satisfacer siempre los caprichos de sus hijos, pronto se encuentran con que no pueden con el caballo que no fue domado cuando era potro. Y lo peor es que entonces los hijos tienen ya edad para advertir el daño que les han hecho sus padres con tanta condescendencia.


 

Por fortuna, también saben valorar que se les haya educado en el esfuerzo y la exigencia personal, y lo agradecen a sus padres como un gran tesoro que les han legado.